
Ya no más la espera, la paciencia, quedarse quieto y que todo suceda.


Los estruendos rebotaron en el tímpano y la calle fue la salida urgente. Son tiempos de primavera pero el fresco de la noche es el mismo que vi noctámbulo en Abril.
Un pasillo largo sin luz, angosto, con una profundidad difusa, la piel de a poco se pone pálida, los dedos toman contacto con el frío del cemento que revisten las paredes. Los pies se sienten intranquilos, piden avanzar sobre las baldosas sin iluminación. Mil puertas se dejan ver y un no sé qué dice que hay que abrirlas.
El impulso y el instinto toman el control, piden otra botella y abren una puerta. Nuevamente se presenta el pasillo angosto y más puertas. Ya estoy implicado en esta búsqueda y acepto tener que abrir más puertas esta noche.
Otra botella, gira el picaporte y otra vez se presenta el pasillo sin luz. El tinto comienza su efecto y el cuerpo se resiste a dejarse vencer. La voluntad se confunde con un fastidio incipiente. ¿Esto es un chiste de borrachera?
Escucho voces -se oyen conocidas- me piden que deje todo esto y que vuelva. avanzo por el pasillo y pienso en eso de que tengo que volver. Otro tinto e insisto en abrir una nueva puerta. El impulso se empecina a seguir adelante sin retroceder. Sin frenos, sigo la búsqueda.
Quizás pase toda la noche en el pasillo buscando abrir puertas, o tal vez llegue a una de ellas que me impida abrirla. Quiero llegar ahí, donde ya no pueda abrir la puerta, y que indique que la marcha finalizó.
Ya no puedo salirme de este dédalo que lo psíquico se encargó de construir. En realidad no es un laberinto, sólo un pasillo recto, sin fin. La necesidad de encontrar eso, que aun no sé qué es, me empuja hacia adelante. Otra botella.
Un sacudón me sorprende desde la parte derecha de mi cuerpo, una mano intenta detener el paso, pero me resisto, y sigo adelante. Nueva puerta, otra botella y el mismo pasillo enfrente al abrir. El cuerpo comienza a ceder. Las voces se escuchan ininterrumpidamente e insisten con eso de que pare y vuelva.
Estoy parado en un límite. Piso una raya que, me indica que de un lado me espera la inconsciencia, del otro la consciencia, la vida. Resulta tentador lo que me espera. Genera intriga saber con qué puedo encontrarme al cruzar la raya, qué me espera, quién me recibe, que cuerpo me dará el abrazo de bienvenida, con que recuerdos me vuelvo a encontrar para que sean míos para siempre.
Quiero verlos. Saber que están ahí, verles las caras.
El pecho hace una leve convulsión. Despabila y me aleja de aquel lugar.
Ahora la calle, mis pasos sobre la vereda y el fresco de la noche de Abril. Arriba la noche con su luna. El cielo muestra el preámbulo de una posible tormenta.
Abro los ojos y la decepción se hace presente una vez más. No te voy a encontrar.
Hace un año de tu muerte y no te voy a encontrar, por más que siga noctámbulo abriendo puertas por el resto de la eternidad.


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Abro los ojos en medio de un campo de batalla. Aún escucho estruendos fugaces, aquellos gritos cargados de frenesí, todavía siento roces, conservo esos cuerpos felizmente desnudos. Mis parpados laten al ritmo de las luces que me alumbraron por segundos, mi piel tiene un perfume que no es el mio. Mi boca tiene gusto a esa boca. Siento el cráneo roto.
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¿Qué te está pasando?